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26 Los dos legados energéticos del universo al planeta Tierra

Nuestro planeta contiene -en su corteza y en su centro- enormes cantidades de energía procedentes del universo.


Hace unos 4 600 millones de años, una mezcla de nubes de gas, rocas y polvo empezó a condensarse en lo que posteriormente sería nuestro sistema solar.


Esa mezcla nebulosa estaba compuesta por hidrógeno y helio surgidos en el Big Bang, así como por elementos más pesados producidos por supernovas cercanas.


A medida que la nebulosa empezó a incrementar su rotación sobre sí misma, y a generar gravedad e inercia, se aplanó, conformando un disco protoplanetario orientado perpendicularmente al eje de rotación.


La mayor parte de la masa se acumuló en su centro y empezó a calentarse, pero debido a las pequeñas perturbaciones de los numerosos escombros generados, Los fragmentos más grandes colisionaron unos con otros, conformando otros de mayor tamaño, que al final formarían los protoplanetas.


Dentro de este grupo, había uno situado aproximadamente a 150 millones de kilómetros del centro: la Tierra.


Al principio nuestro planeta era una esfera de material candente que se enfriaba poco a poco a través del tiempo.


La primera corteza en la Tierra empezó a formarse hace unos 4 400 millones de años.

Se sabe que hace 2 500 millones de años ya existía una masa formidable de corteza.


La corteza de la Tierra es comparativamente delgada, con un espesor que varía de 5 hasta 70 Km.


En ella existen grandes cantidades de minerales constituidos por átomos electrónicamente descompensados e inestables, que buscan estabilidad liberando energía por medio de radiación.


A estos se les conoce como materiales radiactivos, y hoy se aprovechan tecnológicamente para disponer de esa gran cantidad de energía.


Bajo la corteza terrestre existe el llamado núcleo, compuesto fundamentalmente por hierro, con 5-10 % de níquel y menores cantidades de elementos más ligeros, en estado candente. Su centro puede superar los 6 700 °C.


Esta energía tiende a escaparse a través de la corteza terrestre, como en los casos de las fallas, los volcanes y los géiseres, o simplemente a través de convección y transmisión de calor.





De esta manera, el universo ha proporcionado a la Tierra enormes (y prácticamente inagotables) cantidades de energía radiactiva y geotérmica, que contribuyen al calentamiento de la superficie y la atmósfera del planeta.​

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